Desde hace algún tiempo tengo la angustiosa sensación de que el tiempo transcurre demasiado deprisa, y no me refiero al tiempo libre, que ese sí que tengo comprobado que pasa a mayor velocidad que el tiempo que tienes que dedicar a obligaciones, sino al tiempo de mi vida, esté trabajando o viviendo la vida loca.
Recuerdo que el viernes pasado me dije a mí misma: «Qué bien que ya es viernes, tengo todo el fin de semana por delante». A lo que luego añadí algo tal que así: «Pero para cuando me quiera dar cuenta, ya es lunes otra vez». Y, efectivamente, ya fue lunes una vez más, el peor día de la semana. El peor porque es el primero, no por carga de trabajo, que es uno de mis días más fáciles. El peor porque sé que me separa el mayor número de horas del siguiente fin de semana.
Pero, de repente, ya es martes y el martes es un día horrible porque es víspera de miércoles, mi peor día de trabajo. El miércoles es mi peor día, no porque el trabajo a realizar sea más duro que otros días, sino porque es el día en el que mayor número de horas trabajo. Lo gracioso del asunto, si es que tenemos que verle la gracia por alguna parte, es que sufro más la víspera de miércoles que el miércoles en sí porque, una vez concluyo mi eterna jornada laboral, padezco un extraño fenómeno totalmente contrario al del día anterior, ya que experimento un subidón al saber que me separan el mayor número de horas posible del miércoles siguiente.
Los jueves, sin embargo, pasan un poco sin pena ni gloria. Al ser víspera de viernes, como que ya me da todo un poco más igual y me dejo llevar, no permito que me invada el desasosiego, simplemente fluyo porque, en un abrir y cerrar de ojos, llega el fin de semana otra vez. Eso sí, antes toca la recta final, el tan esperado pero detestado viernes, que se hace incluso más duro que el más duro de los lunes.
Ahora sí, salgo de trabajar el viernes por la tarde y otra vez tengo todo el fin de semana por delante, pero… ¿en qué momento ha transcurrido toda una semana?
El tiempo vuela…
El tiempo vuela y se nos escapa de las manos.
Me encuentro atrapada en un puñetero bucle temporal.
Y ya vuelve a ser Navidad.
