Y yo con estos pelos

Recuerdo mi primera cana. La descubrí un buen día mientras me peinaba y ya no pude parar de observarla. Supongo que marcó un antes y un después en mi vida. Algo así como cuando se te cae el primer diente, cuando te viene la regla por primera vez o cuando cumples los dieciocho años. Un evento excepcional en tu tan fascinante vida.

Recuerdo cómo la gente me decía que me la arrancara para que no hiciera feo. ¿Y a quién se le ha ocurrido la estúpida idea de que las canas hagan feo? Me negué en rotundo porque era el objeto de mi orgullo y satisfacción, así de simple soy. De vez en cuando, al peinarme, la buscaba y me quedaba mirándola fascinada. ¡Qué color blanco tan sumamente blanco nuclear! ¿No era acaso en sí una maravilla de la naturaleza? Así que seguí yendo por la vida con mi pelito blanco que se ocultaba tímidamente entre una mata de pelos castaños.

Recuerdo el fatídico día. Yo estaba en clase y me pasé la mano por el pelo para retirármelo de la cara. Al volver a apoyar la mano sobre la mesa la vi, ahí entre mis dedos, ¡me había arrancado accidentalmente la cana que tan buenos momentos me había brindado! ¡Qué desolación!

Años más tarde, las canas se han abierto paso en mi cabeza y atrás quedaron los días en los que yo miraba a ese pelito blanco con fascinación. No es que reniegue de ellas ahora, no es eso. No podría importarme menos de qué color me salga el pelo. El problema es que las muy puñeteras son más gruesas y rebeldes que un jodido vello púbico y les encanta acaracolarse en la parte superior de mi cabeza. Da igual cuánto me peine e intente domarlas, ellas insisten en sobresalir sobre el resto de mi cabellera.

Si una cosa tengo clara en esta vida, es que en mi cuerpo mando yo y solo yo. ¿A ver quiénes se creen que son estas descendientes de la cana madre para venir a crear tal caos en mi cabezón? ¡De eso nada! Así que hace tres meses ya, me planté delante del espejo del cuarto de baño, tijera en mano, y decidí cortar (no tan) de raíz con esas puñeteras insumisas. Lo que nadie me había dicho antes era lo difícil que es cortar un único pelo con unas tijeras, sobre todo si te los cortas a ti misma delante de un espejo (¿sabías que si te acercas mucho a este la imagen empieza a verse doble? ¿O es tan solo producto de mi miopía y astigmatismo?). Así que, lo puedes adivinar, por cada cana que corté (no tan) de raíz, me llevé unos diez o quince pelos castaños…

peluquería en casa

Tras unas cuantas canas, me di cuenta de que a ese ritmo acabaría rapándome la cabeza y no era plan. Si ya soy fea con pelo, no me quiero ni imaginar lo monstruosa que seré sin él (oigo risas en mi cabeza ahora mismo), así que recurrí al plan B, ese que había querido evitar por resultar, si bien no doloroso, sí que bastante desagradable: había llegado el momento de arrancarlas de cuajo, sin piedad.

Arranca que te arranca, si solo son unas pocas… Y lo que pensaba yo que iban a ser diez o quince canas, resultó ser una cantidad incuantificable. Cada vez aparecía otra y otra y otra. Y, oye, arrancarse el pelo puede ser adictivo y te digo yo que como coja el vicio acabo sufriendo tricotilomanía, como si no fuera suficiente ya padecer dermatilomanía… Así que me dije «hasta aquí hemos llegado» y puse fin a esa guerra contra las canas.

Han pasado ya casi tres meses de ese día y en mi cabeza luzco una serie de pelos en punta que pondrían los pelos de punta, valga la redundancia, a cualquier peluquero. Pasarán otros cuantos meses hasta que los pueda disimular y me han recordado a mi infancia (bueno, y a épocas más adultas, pero no hablemos de ello) en la que me cortaba el pelo y me hacía unas escabechinas de cuidado. Siempre he sido muy fan de las tijeras, pero esto da para toda una entrada diferente en el blog, así que no ahondaré en los detalles ahora mismo.

¿Pues sabes que te digo? Que paso de luchar más contra las canas. A partir de ahora que salgan de mi cabeza como les dé la real gana. En unos pocos meses, mis pelos puntiagudos habrán crecido lo suficiente como para disimularse entre la multitud que puebla mi cabeza y ya no quedará ni rastro de esta épica aventura. Mis canas volverán a dominar mi mundo y esta vez las luciré con orgullo. A fin de cuentas, han sido un trabajo de muchos años…


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