De esto que estoy en la calle con Frankie, Elur y Lola a la puerta de una tienda en la que acaba de entrar mi madre. Estamos tan tranquilas minding our own business, como dicen en inglés, cuando veo que se me empieza a acercar un grupo de personas poco a poco. Por el rabillo del ojo ya he visto que han intentado hablar con otro hombre y les ha dado largas. Me huelo lo que quieren. No me gusta hablar con extraños. No me gusta hablar con la gente, en general.
Se me acerca la chica, supongo que porque piensan que al ser yo mujer será menos violento para mí. A mí me da igual, no me gusta hablar con la gente, en general, sean del género que sean, pero allá va ella.
―¡Cuántos perros! ¿Cuidas perros?
Dudo entre responder o hacerme la loca.
―No, son mías ―respondo al fin.
Aquí acaba la conversación sobre los perros, no le interesan una mierda mis perras, ahora va al grano:
―Mi nombre es Yareli y venimos de EE.UU. para predicar la palabra de Dios.
Se jodió el asunto, me lo estaba imaginando por el aspecto que tenían todos.
―¿Tú crees en Dios? ―me pregunta.
―No ―respondo rotundamente.
―¿Por qué no?
Aquí ya dudo. No porque yo no tenga claro por qué no creo en Dios, que es una razón más que evidente, sino porque tampoco quiero herir la sensibilidad de nadie. ¡Qué narices! Tú has preguntado, yo te respondo:
―Porque no existe.
―¡Sí existe! ―responde ella en tono de asombro, pero sin ofenderse―. ¿Tú crees en los microbios que tienes en las manos?
Me empieza a arder la sangre. Por supuesto que creo en los microorganismos, he estudiado microbiología en la carrera. Soy de ciencias. Empíricas, eso sí. No quiero soltar improperios, pero ¿quién te crees tú que eres para intentar venir a adoctrinarme? Decido cortar una conversación que no va a ir a ninguna parte de raíz.
―Mira, vamos a dejarlo ―le digo muy seriamente.
Así que me dejan en paz y entran en la tienda donde está mi madre. Supongo que para seguir buscando una víctima más ingenua que yo.
Pues bien, esta interacción me ha cabreado muchísimo. ¿Por qué tiene esta gente que sobrepasar los límites ajenos con sus cuentos sobre amigos imaginarios? Quiero decir… yo respeto tus creencias, pero tú respeta las mías. Yo no voy por la vida intentando adoctrinar a la gente sobre la inexistencia de un puñetero ser supremo, no vayas tú intentando convencer a la gente de que tu amigo imaginario es de verdad porque la historia, simplemente, no se sostiene.
Tu libertad termina donde empieza la del otro.
Fin.
